Lamentaciones de un Prepucio

“Cuando era niño mis padres y maestros me hablaban de un hombre muy fuerte. Me contaban que podía destruír el mundo. Me contaban que podía levantar montañas. Me contaban que podía abrir el mar. Era importante tener contento a ese hombre.

¿De verdad crees que Dios va por ahí sin nada mejor que hacer que darle por el culo a la gente? – Sí, le conteste. Lo creo.”

Shalom Auslander transgrede. Plasma en este libro muchos aspectos que la mayoría tememos enfrentar. Y mejor aún, lo plasma con un humor tan negro que en ocasiones te deja en completa oscuridad.

El eje principal del libro es cómo un judío entra en conflicto con su espiritualidad, y como esta se adentra en los rincones más absurdos e inimaginales de su vida. Su relación familiar, en pareja, laboral y otros aspectos son abordados desde un judaísmo ultra ortodoxo convertido en una paranoia al castigo divino.

“¿De verdad crees que si pones la televisión el Sabbath Dios hará que los Rangers pierdan?, preguntó Orli.
Su candidez me dejaba atónito.
-No es que lo crea. Es que lo sé.”

Puedo decir que con el paso de los años, mi relación con Dios se ha ido menguando. Desde una adolescencia llena de dudas y juicios espirituales, hasta la vida adulta, donde en una larga lista de preocupaciones, Dios y la espiritualidad van perdiendo prioridad.

Pero ¿cuál es el papel de Dios en mi vida? Creo que, al igual que a lo largo de Lamentaciones de un Prepucio, Dios y la religión me han servido para generar un criterio propio de lo que me rodea. Poner en juicio todo lo que sé. Todo lo que soy hoy en día. En ocasiones esos juicios se tornan temerosos, dando pasos inseguros hacia terrenos que muchas veces se nos prohibe cuestionar. Pero creo que el cuestionamiento es una forma de relacionarse estrechamente; primero conmigo mismo y, consecuentemente, con Dios.

Siendo habitante de un país donde el 82.9% de la población se denomina católico, y miembro (ejemplar) de una familia queretana bastante católica, es evidente notar la influencia de la religión en mi vida diaria. Nuestras expresiones, nuestra vida laboral, política y cultural están bañadas de Dios míos y Jesúses Santísimos. Cuestionar ese sentimiento tan arraigado generalmente es tabú en una sociedad como la nuestra.

Lamentaciones de un Prepucio me invita a cuestionar, a establecer una relación más íntima con Dios donde lo pueda llamar “Capullo” y levantar el dedo medio hacia el cielo, donde sé que mis cuestionamientos estarán seguros con él mientras me guiña un ojo y se aleja, contento.

“He descubierto que casi todas las personas religiosas – judíos, cristianos y musulmanes por igual – coinciden en una cosa: en que si conoces a uno de ellos, y mantienes una pequeña conversación y dices, por ejemplo: “Dios es un capullo”, tienden a reaccionar mal.

Cosa que me parece sorprendente. Porque fueron ellos los que me dijeron que lo era. Fueron ellos los que me hablaron de Él…”

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