Rayuela

Con Rayuela descubrí la (buena) literatura. A los 20 años recuerdo haber tuiteado que si alguien se tomara la molestia, podría regalarme Rayuela en mi cumpleaños número 21. Lo hicieron (gracias Chavita Ordoñez) y fue así como tuve mi primer contacto con el mundo cortazariano.

Había escuchado en aquel entonces de un argentino que escribió una novela en los 60’s que rompía esquemas y por alguna extraña razón empecé a formar una figura de misticismo al rededor del cronopio mayor: Julio Cortázar. Cuando el libro estuvo en mis manos comencé a leerlo al otro día de la fiesta en la que me lo regalaron. Tenía 21 años recién cumplidos. No entendí ni madres de lo que leí. Era más mi prisa por terminar un libro de casi 600 páginas y presumir lo letrado y culto que era leyendo a un argentino que no muchos conocían.

Paso el tiempo, dos o tres veces tomé de nuevo el libro de mi closet esperando volverlo a leer pero siempre se cruzaba otro libro en el intento. 5 años después lo releo y me doy cuenta que no entendía lo que creía entender. No solo leyendo Rayuela, sino de la vida en general. Es increíble como nuestra percepción de la vida cambia cada momento.

La travesía existencialista de Oliveira me llevo de la mano a través de un tunel de historias paralelo al de él, pues ¿qué es la vida sino el cuestionamiento interminable de todo lo que nos rodea?. Oliveira, tan dialéctico, tan París, tan jazz, tan La Maga, tan ese intento infinitamente absurdo del que todos somos parte de comprender la vida y de encontrar su centro.

Después de 5 años, sin la pretención de mi yo poberto de aparentar antes que ser, me di cuenta porqué Rayuela es una obra maestra. Reafirmé porque Cortázar es uno de mis autores favoritos (tal vez por el sentimentalismo de ser mi primer acercamiento a la literatura). Y reafirmé que podría releerla el resto de mis días y saber que siempre tendrá algo nuevo que decirme.

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