Garnacha y Devoción

Nuestros pasos resonaban en el adoquín de una calle Morelos vacía. Mientras nos acercábamos más a Juárez, se dibujaba erguida a mitad de la calle la silueta plástica de lonas multicolores que envolvía en sus entrañas un tumulto que cobraba vida a cada paso.

Más cerca, el olor impregnaba el ambiente y el olfato. Olor ancestral, define y representa lo que somos; olor de festividad, olor de México: olor a garnacha. El aceite frito formaba la atmósfera que penetramos violentamente.

Entramos a ese mundo resguardado por estructuras metálicas corroídas por el tiempo. Un universo de rostros contemplando una quesadilla friéndose y de manos esparciendo queso dentro de un taco dorado. Un mundo de guardianas inmortales del comal y de la espátula.

Las campanadas del templo del Carmen irrumpían frenéticas el sonido de las voces y del aceite hirviendo. Es día de la vírgen del Carmen y sus devotos están de fiesta. Los cuetes se yerguen en la altura para recordarnos con su estruendo la celebración de lo divino. Dejando atrás los “¿Qué va’llevar” y los “Pásele güerito”, salimos de ese vortex multicolor para llegar al atrio.

En el atrio converge la multitud. Convergen clases sociales, tonos de piel e historias diametralmente opuestas, unidas con un solo fin: celebrar a su vírgen. Puestos de estampitas, escapularios y figuras de santos al rededor de la gente; consumismo espiritual.

Entramos al portal del templo, donde un muro de espaldas nos impedía el paso. Un chiquillo lloraba a lo lejos. El olor de las flores y el incienso nos envolvía. Una voz de mujer emergía de unas bocinas viejas colocadas en lo alto. Rostros serios y firmes, convicción y fe unida en una sola mirada grupal dirigida hacia el altar donde se postra la vírgen, impasible.

Nos dirigimos al pabellón de los confesionarios. Lúgubre y mortuorio, un Cristo nos observó al entrar con sus ojos llenos de pena. La atmósfera nos sometía. Solo unas cuantas luces tenues alumbraban el espacio donde la gente entra en confianza con su dios. Una larga fila de personas aguardaban sentadas su penitencia.

Esperando al lado de unas velas eletrónicas (la iglesia no se ha quedado atrás en la modernidad) recuerdo la creeencia popular de que todos los días de la virgen del Carmen llueve. Limpiando el sudor de mi frente, pienso que tal vez hoy sea la excepción.

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