Machete III

Estoy crudísimo sentado en una silla incómoda esperando mi turno en la peluquería. ¿Desde hace cuánto tiempo vengo a esta peluquería? ¿13, 14 años? Recuerdo que antes me cagaba cortarme el pelo, más ahí. Pedías un despunte y salías con el casquete más corto que conocían. Hoy supongo que sigo yendo ahí por costumbre, esa entrañable e inseparable amiga de la rutina.

El hombre es un animal extremadamente territorial, por lo que todo aquello que le resulta desconocido o ajeno a su habitat le produce miedo, desconfianza. La peluquería está en el Cerrito, en las orillas del barrio del Tepe. “¿Vas a cortarte el pelo al Tepe? No mames, ahí matan” he escuchado en diversas ocasiones. No matan, les digo, nomás huele feito.

Sentado al lado de mí, sin decir nada, mi hermano. Preso de la cruda mortal que traigo y el constante martilleo en mi cabeza decido salir por un agua. “Voy a la tienda, ¿quieres algo?” Le digo a mi hermano. “No, gracias, aquí te espero”. Salgo de la peluquería, el sol de medio día se levanta abrasador y lastima mi pupila. Paso caminando a un lado del negocio vecino, donde diversos sujetos disfrutan de una caguama y un porro al umbral de la entrada. “Puta, que envidia”, pensé al verlos.

Llegué al Asturiano donde un hombre pedísimo compraba dos Victorias de lata. “Puta, que envidia”, volví a pensar. Pedí mi agua y viéndola venir como un cáliz sagrado la destape en cuanto estuvo en mis manos para beberla mientras sacaba varias monedas de mi bolsillo. Pagué, caminé de vuelta a la peluquería y un ligero tufo de mota invadió mi olfato. Los sujetos seguían bebiendo y fumando sentados en el umbral.

El tiempo es como una liga que se estira y nunca sabes en que momento te va a soltar el chingadazo. Puede ser inmediatamente, puede ser cuando estás despreocupado sentado en una peluquería esperando a que sea tu turno. De nuevo en mi lugar, destape el agua y fue como destapar la chingada Caja de Pandora.

Se escucharon forcejeos, gritos, sonidos metálicos estrellándose contra el suelo. Los peluqueros, tres hermanos robustos, y varios clientes que estaban dentro, corrieron hacia la puerta para ver que sucedía. Yo, sentado sin saber que males había desatado al destapar mi agua, no podía ver nada a causa del muro de espaldas que se levantaban frente a mí. Alguien gritó “¡Te va a cargar la verga, puto!” mientras solo pude ver, huyendo en dirección a Avenida Universidad, un bulto negro que se alejaba corriendo.

Volteé hacia mi hermano y nos miramos desconcertados. Poco a poco los peluqueros regresaron a sus puestos, algunos clientes permanecieron fuera volteando siempre hacia el local donde los sujetos fumaban y tomaban. Uno de los peluqueros tomó su celular y paciente, espero que contestaran. “¿Bueno? Qué paso mi estimado, bien, bien, s’aquira, oye no seas malo, mándame una patrulla y una ambulancia, acaban de machetear a dos cabrones en el negocio de al lado”.

Siempre he sido, como le llaman coloquialmente, bien “coyón” para ver sangre ajena o heridas grandes. Me disminuye la presión, me empiezo a marear, me duele la cabeza. El simple hecho de escuchar que machetearon a dos cabrones a escasos 3 metros de mí, fue catalizador para que mi cruda se potenciara a sentirme de la verdadera chingada.

Mientras pensaba en lo mal que me sentía, uno de los sujetos del negocio de al lado se acercó a la entrada de la peluquería. Intercambió algunas palabras que no alcancé a distinguir con uno de los clientes que seguía afuera. Tenía la mano derecha amarrada con un trapo lleno de sangre, el cuál, para darle muestra fidedigna al sujeto con el que hablaba de lo acontecido, se desató para dejar a la vista una herida entre su dedo pulgar e índice de la cual salía sangre a chorros.

Giré mi cabeza inmediatamente. “Por andar de chismoso, cabrón” pensé mientras mi cabeza palpitaba cada vez más rápido y me esforzaba en respirar lentamente para evitar la náusea. Volteé a ver a mi hermano “¿Estás bien?” le pregunté, suponiendo que no era el único que se sentía de la chingada. “Si ¿y tú?” me respondió. “Me siento de la verga” le dije.

El hecho de pensar que el haberme retrasado 15 segundos más; ora buscando las monedas en mi bolsillo, ora esperando a la señora del Asturiano para recibir mi cambio, pudo haberme hecho testigo de ver a un pinche loco macheteando a dos sujetos que fumaban y tomaban al umbral de su negocio.

4 comentarios Añade el tuyo
  1. Mi buen Mata. Tienes una gran habilidad de escritura. Ya te ganaste un lector mas! Te mando un abrazo buen amigo.

    Daniel Castro (me decían gringo)
    San Javier

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