Stinky Things

El transporte público en Querétaro es como esa película de terror de bajo presupuesto en la que no sabes si reír o llorar. Por lo que llevo alrededor de 15 minutos esperando un Mercedes de cuarenta plazas que no tiene intenciones de mostrarse.

El sol mañanero mezclado con el frío restante de la madrugada confunde a mi organismo y estar en la sombra o en el sol se convierte en una danza que todos alguna vez hemos bailado. A mi lado hay una coladera donde los invisibles residuos fecales de miles de vecinos tal vez floten, esperando su destino en algún río o mar cercano. Con el fétido olor invadiendo mi olfato, la veo acercarse. Traigo puestos los audífonos para desconectarme del ruido rutinario de la mañana, y la veo esbozarme una sonrisa cordial mientras sus labios dibujan las palabras “buenos días”, que no escucho, pero sé que fueron dichas.

La cortesía es un valor casi perdido socialmente, por lo que ofrezco como acto de solidaria respuesta quitarme un auricular y responder su mañanero saludo. Si la música fuera pintura, aquello que escuché fueron apenas unas pinceladas, pequeños esbozos de algún tipo de ruido que emanaba el celular que la señorita sostenía entre sus manos.

Siempre hay algo oculto en las profundidades de nuestro ser que nos hace suponer historias, teorías. Ese algo oscuro que se remonta a épocas donde la razón del hombre apenas se gestaba, y que hoy ese elemento primitivo de nuestra existencia se perdió en alguna parte del camino evolutivo.

Ese instinto me trajo a la mente una idea, la cual duró apenas algunos segundos, y esa idea fue que nuestra amable y saludadora señorita era cristiana. Por alguna profunda razón, antes de poder escucharla detenidamente, supuse que la música que emanaba de su celular eran esos cantos modernos que los cristianos escuchan en sus iglesias.

El ruido de los autos que pasaban se fue enmudeciendo poco a poco para disipar mi duda; el celular emitía esa dulce y femenina voz que decía “¡Aleluya, aleluya!”, mientras al voltear de reojo y ver el rostro de las manos que sostenían el móvil, distinguí una sonrisa dibujada en ese rostro complacido de escuchar plegarias a las nueve treinta ante meridiem.

Mi cabeza empezó a generar teorías conspirativas donde la amable señorita se acercaba a hablarme de la palabra del señor, del juicio final o de mis pecados. Esa teoría donde yo automáticamente me resguardaba detrás de mis audífonos y mi celular, ambos armas infablibles en el arte de, como le llaman los regios, “sordearse”.

Fuí sordo y fuí mudo y fuí alejandome poco a poco, tal vez para evitar ese destino funesto de escuchar un speech religioso innecesario al lado de una coladera que emitía un dulce olor a mierda por la mañana

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