Terrestre

Me gusta pensar que las luces que brillan en la lejanía de la noche, en mi paso por la carretera, son asentamientos de formas de vida extraña que invadieron este planeta. Y eso somos todos: extraños. Y eso somos todos: invasores. La peor puta plaga que ha caído sobre este planeta y que sigue reproduciéndose desenfrenada. Calma, no lo destruimos a él; nos destruimos a nosotros. Me tranquiliza pensar que el planeta seguirá su órbita apacible en el espacio dentro de 20 mil años, y nosotros, probablemente, nos hayamos pulverizado dentro de 50 con armas nucleares.

Y es que ¿dónde radica el entendimiento hacia los demás, hacia la naturaleza, hacia las cosas, hacia nosotros mismos?. Hoy en día: en La Nada. ¡Ah! La Puta Nada. Silenciosa rectora de nuestra existencia (si rige, es, pero finjamos que no es). Somos tan ingenuos para pensar que nuestras vidas son el mecanismo central por el cual funcionan los engranes de nuestra realidad (imaginen la ansiedad de no pensarlo así). Aunque, si vemos no más allá de nuestra pequeña nariz, no tenemos ni la más mínima idea de cómo funciona.

Y es en ese claro no entendimiento que se definió el camino de la humanidad desde hace siglos. Esa humanidad soberbia que se mata en guerras. Humanidad sórdida, que le roba a los jodidos: humanidad ladrona. Humanidad que su dios materialista le hace consumir y consumir y consumir hasta que ¡PUM¡ explota.

Y tal vez explotando podramos conocer realmente como funciona el mecanismo. O no. O seguir mirando a través de la ventana de un Primera Plus® los lejanos asentamientos del conquistador terrestre.

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