¿Por qué voy al Cervantino?

Soy de Querétaro. Hasta hace unos años descubrí la curiosa magia que envuelve ese evento anual realizado en calles y recintos de Guanajuato: El Festival Internacional Cervantino.

Recuerdo mi primera vez. Guanajuato era una tierra vírgen e inexplorada. Algunos vagos recuerdos se asomaban en mi memoria, vistos desde la perspectiva de un niño que camina en una ciudad colonial; edificios monumentales, fuentes enormes y callejones que llevaban a un destino íntimo y oculto de la ciudad. Cuando eres niño habitas ese mundo de gigantes que han construído los adultos.

Mi reencuentro con Guanajuato fue esa serie de eventos escritos en algún lugar que hicieron y han hecho mis visitas inolvidables. Mares de gente que fluyen en diferentes direcciones, ese caudal de personas que transitan por las arterias de la ciudad y la llenan de vida.

Vida nocturna palpitante, descubriendo ese “Upside Down” de desenfreno y ese choque de labios con labios, labios con mezcal, labios con cigarros, labios con cualquier estupefaciente. El choque que genera esa unión fraterna de los hombres con un sólo fin: ponerse hasta la madre y hacer todo aquello que no harían en su ciudad. O al menos no con la misma intensidad.

El objetivo principal del festival queda relegado y se vuelve exclusivo de unos cuantos. “¿Eventos culturales? Qué hueva, yo vengo a ponerme hasta el culo”, es el nuevo lema de quién asiste para descubrir todo lo que la vida nocturna de Guanajuato tiene para ofrecerle. Perderse en sus callejones a la luz de las farolas y ser testigos etílicos de los amantes y amigos.

Casi es el día y escucho cada vez más de cerca el rumor de las voces en algún bar a las 4 de la mañana o las risas provocadas por el alcohol y los pasos tambaleantes. De vivir un fin de semana con excesos disfrazados de cultura.

Foto: Oscar Mata

Escrita para Revita Golfa

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