Baby Doll Negro

Hace 30 años fuí policía. Patrullaba en un Dodge Dart con el capote negro oxidado por el sol y un tumba burros enorme que pesaba más que el coche. Los asientos beige tenían impregnados el olor a tabaco de los Faros que se fumaba Juanito, mi compañero. Recorríamos la zona norte de León, buscando raterillos que se metían en las colonias acomodadas. Era fácil ubicarlos. La mayoría, hoy en día, usa ropa de paca o de tianguis. Ropa de jodido, pues. Yo soy jodido, pero vivo honradamente. Tengo mi taxi y de eso vivo. Los jodidos podemos identificar a otros jodidos. A los rateros los ve uno caminando nerviosos, volteando para todos lados. Se les ve la malicia y el miedo en los ojos a los hijos de la chingada.

A los que más correteabamos eran los de robo a casa habitación. Siempre salían como cuetes con una sábana al hombro. Los ricachones siempre esconden sus joyas y dinero en la alcoba principal los muy brutos. Los rateros, en cuanto allanan la casa, se dirigen inmediatamente ahí. Empiezan a escarbar cajones, el closet y debajo del colchón, extienden una sábana en el piso y ahí van echando todo lo que encuentran. Al final hacen un bulto, le hacen un nudo y se lo echan a la espalda. Ganan bien, los hijos de la chingada, pero se arriesgan mucho.

Ese día Juanito se reportó enfermo. Iba patrullando cerca de Lomas del Campestre, por la Universidad de la Salle. Entré a dar mi ronda rutinaria al fraccionamiento. Eran las 8:30 de la mañana. Mientras avanzaba por la Loma del Potrero, vi, a mitad de la calle, a unos 100 metros, una mujer. Era una mujer de pelo negro y piel blanca, como la leche. Debajo del baby doll negro transparente, se dibujaban dos senos perfectos y la silueta de los pezones erguidos por el frío de la mañana. El Dodge me acercaba lentamente a 10 km/h. Vi su vientre plano, su ropa interior negra con encaje y dos piernas largas y deliciosas. La mujer alzaba y movía los brazos alarmada, pero mi tiempo y espacio se distorsionó por su belleza. Estaba cada vez más cerca y no podía dejar de delinear con mi mirada su cuerpo perfecto.

Reaccioné y vi el terror en sus ojos cuando estaba solo a unos metros de ella. Abrí y cerré los ojos varias veces y sujeté con fuerza el volante. Me detuve a mitad de la calle y bajé rápidamente de la patrulla. Ella gritaba; me decía que unos cabrones habían intentado violarla y que seguían adentro de la casa. No dije nada y empuñe la Glock. Pelé los ojos hasta que me dolieron y los deje bien abiertos, como dos huevos a punto de reventar. No dejaba de ver la puerta y comencé a acercarme poco a poco. De repente todo volvió a callarse. No había ningún ruido en el mundo más que el de mi respiración acelerada, el roce de mi pantalón y mis pasos. Sentía la adrenalina mientras me acercaba más. Era una puerta bonita y grandota, con unos vidrios biselados. Trate de mirar a través de los vidrios pero no vi nada. Desenfundé la Glock y empecé a abrir la puerta lentamente.

Observé toda la habitación: nada. Seguí moviéndome y trate de escuchar algo, el más mínimo ruido. Me sudaban las manos y se me resbalaba la pistola. Tranquilo, cabrón, me decía, son unos pinches raterillos. Toda la casa se veía muy lujosa. Yo no sé de lujos, pero para eso no hay que saber: se nota cuando hay lana. Escuché cuchicheos en el patio de atrás. Me acerqué a un ventanal grande con unas cortinas gruesas que no dejaban pasar la luz. Me asomé por el borde de la cortina y ahí estaban. Eran tres hijos de la chingada. Dos morenos y uno güero, vestidos con ropa de tianguis. Uno le hacía pie de ladrón al otro para saltarse la barda. El otro, con una sábana al hombro, volteaba hacia la casa, nervioso. Al lado del ventanal había un mosquitero entreabierto, que era la salida al patio. Podía correr el mosquitero y salir a enfrentarlos por ahí. No soy un hombre de dios, pero ese día recé como si me fuera a morir. Me acerqué al mosquitero repitiendo un padre nuestro a toda velocidad en la cabeza. Lo corrí de un jalón y me planté frente a esos culeros apuntándoles con la pistola. Algo les grité, no recuerdo qué. Estaba frenético.

El cabrón que estaba intentando saltarse se quedó colgado en dos brazos de la barda. El otro volteó rápidamente y el que vigilaba y traía la sábana no supo que hacer. El güero saco un cuchillo largo y avanzó un poco hacía a mi. Quédate quieto hijo de la chingada, le grité y se detuvo en seco. A lo lejos sonaron unas sirenas de policía. El que estaba colgado de la barda gritó desesperado, dale un cuchillazo y a chingar a nuestra madre. El que traía la sábana al hombro se fue pegando poco a poco a la pared y el del cuchillo quedó al frente. Que no se muevan culeros, volví a gritar. El que estaba colgado empezó a trepar con las patas resbalándosele en la pared. Di cuatro tiros con los ojos cerrados: era la primera vez que disparaba. Todo me pareció lento y negro. Cuando abrí los ojos ningún tiro les dio. El que estaba colgado había logrado trepar la barda y le extendía una mano al del cuchillo, que ya iba trepado por la mitad. El más pendejo, el de la sábana, la tiro al piso y no sabía para donde moverse. Vi desaparecer a los dos de la barda al momento en que salía por el mosquitero otro oficial, apuntándole al de la sábana. Se extendió en el piso y puso los brazos en la nuca.

Me tomaron la declaración en la sala. La mujer del baby doll lloraba en la cocina, mientras le relataba a otro compañero lo que había sucedido. El ratero del cuchillo entró a su alcoba, donde estaba escondida. La amenazó e intentó violarla. Ella le dijo que debajo de la cama había dólares. Cuando este se agachó, ella salió corriendo a la calle y fue cuando la encontré. Resultó ser la Señorita Sinaloa, Leticia Colepp Gonzáles, esposa del Comandante en jefe, Fructuoso López Arriaga. El comandante López llego después de media hora y observó como subían a la patrulla al ratero que no pudo escapar. Habló con varios compañeros, les dio órdenes y después habló con su esposa. Mientras ella le relataba el incidente, volteaban de reojo a verme. El comandante se acercó, estrechó mi mano y me dio las gracias. Cuánto ganas, me dijo. Ocho mil pesos al mes, jefe. Te pago el doble pero cuídame a mi familia. Acepté y por cinco años fui patrullero y escolta privada de la familia del comandante. Le debo mucho al cabrón. Mientras le mostraras lealtad, siempre era bien recompensada. Sabía cuidar y mantener cerca a los suyos.

Años después del incidente me retiré de la policía y me dediqué al calzado. Nunca tuve que pegar otro tiro más aparte de esos cuatro. Al comandante lo encerraron en Almoloya por vínculos con el Chapo y murió a los 67 años, ahí refundido. Cuanto le debo al viejo. No supe después qué fue de su esposa, la de piel color leche, la del baby doll negro.

Gracias a José Luis, el conductor de Uber que me compartió esta historia.

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