Bruja del Calvario

Camino a un lado de las jardineras azules mojadas por la lluvia de la noche anterior. El calor es húmedo y llevo la cara completamente sudada. Camino cubierto por la sombra de los árboles y el olor a tierra mojada. Salvo algunas personas a lo lejos, soy el único que camina por ahí. Los edificios viejos y grafiteados de López Mateos se alzan sobre mi cabeza y los autos, separándonos por pausas que alternan los semáforos, vienen en dirección contraria hacia donde voy. En el fondo, veo dibujada a lo alto la cúpula roja del templo del Calvario.

A lo lejos, sobre la acera, veo a un señor acercarse a alguien en una banca. Mientras me acerco, veo como hurga sus bolsillos para buscar unas monedas y dárselas. Veo las manos extenderse y encontrarse en contrato mutuo. Intercambio económico informal, sin esfuerzo. El señor sigue caminando hacia mi y evito su mirada.

Me acerco a la banca y la veo. No tiene más de 40 años. Su rostro está maquillado y tiene unos ojos negros y profundos. Esta rodeada de bolsas, cobijas y humedad. Me mira fijamente por un instante y me llama. Hey, cht, acércate. Por instinto toco mis bolsillos y le digo que no tengo dinero. Sigo caminando.

Paso a un lado de dos cholos que empujan sus bicicletas. Uno de ellos lleva colgada una bocina al cuello de la que suena algún rapero del 2000. El sonido cartonea y el cholo me mira fijamente: puedo ver claramente un tatuaje en su pómulo que dibuja la palabra «destino». Vaya lugar para encontrarlo, pienso.

Sigo caminando y veo la puerta entreabierta de un edificio gris del que sale una luz blanca. El tiempo pasa denso y gris, como el edificio. Hay un mostrador en el cual están pegados algunos restos de carteles arrancados. Encima del mostrador hay una veladora con la figura de la santa muerte y colores del arcoiris. Detrás de la pared, sentada, resguardada en su recinto, hay una mujer. Comienzo viendo sus piernas, subo la mirada y veo su vientre abultado en los leggins negros, seguido de tres lonjas marcadas en una blusa de animal print, hasta llegar a un escote pronunciado por un par de tetas enormes. Su cara se dibuja borrosa. El sudor me empaña los lentes por el calor, pienso. Su mano se mueve lentamente y con una seña me dice que me acerque. Oye, cht, ven, me dice. Hay algo que me hace detenerme y empieza a arrastrarme hacia la entrada.

La mujer se levanta, pero la espesura del cuarto me hace tambalear y perder su figura. Siento como, en cada segundo que pasa, la luz blanca se va apagando, me envuelve y me hace entrar. Ahora sólo veo su espalda de animal print y su culo enmarcado en los leggins negros. Voltea de reojo y con el dedo me indica que la siga. Trato de enfocar su rostro pero el calor es sofocante. Entramos a un pasillo oscuro con una luz roja al fondo. Me acerco cada vez más a ella y veo el cabello negro. Voltea. Veo los ojos negros y profundos de una mujer de no más de 40 años. El mismo rostro y maquillaje de la mujer de la banca. Sonríe.

El cuarto rojo está lleno de veladoras que hacen bailar nuestras sombras. Me mira fijamente y me dice: este es tu destino.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *