Cirineo Sustituto

El calor de marzo abrazaba la tierra seca, adornada de pequeñas piedras sin color. El paisaje bicromático decoraba la soledad donde Hortacio se recargaba sobre el tronco áspero de un mezquite. Era su única posibilidad para escapar del calor. Sentía la cara hirviendo, pero no sabía exactamente la causa; si el insoportable infierno del clima o el galón de aguardiente que acababa de tomarse. Su cabeza giraba en torno a las próximas fiestas de semana santa que se llevaban a cabo en el pueblo, donde él, generalmente borracho, fungía como Cirineo sustituto. La representación del Viacrúcis era muy concurrida, pues la gente mostraba esa cara mustia de pecados ocultos y Dios te Salves. Era una época donde cada quién exhibía su santidad para olvidarse de su infierno personal.

Cirineo fue ese hombre obligado por los soldados romanos a cargar por un tramo la cruz de Jesús el Nazareno, papel que Hortacio desempeñaba todas las semanas santas con ayuda de un poco de aguardiente para soportar el calor y la cruz. Cada año se redimia. El mismo se perdonaba al hacer la buena acción de ayudar al Mesías moreno que se elegía en el pueblo.

Los indios que asistían no comprendían la complejidad del asunto. No conocían la diferencia entre Galilea o Tierra Caliente, o del Cerro Blanco y el Sinaí. Pero la representación levantaba fervorosas pasiones espirituales entre los participantes, escuchando lamentos y rezos profusos de una boca que los murmura viendo hacia el suelo, reflejo de una herencia de sometimiento e ignorancia a la que se fueron acostumbrando hacía varios siglos.

Bajo el árbol, la piel morena y tiznada de Hortacio, rozaba con sus prendas de manta incómoda, regalos del cura que iba cada fin de semana a oficiar misa al pueblo y traía algunas ofrendas para los desdichados como él. No sabía cuanto tiempo había rondado por el pueblo, borracho, sin sentir el tibio toque del agua de un baño desde hacía meses. Vagaba temeroso de que lo reprendieran por deambular y alterar la paz pública.

Pasaron varias horas y sus labios se iban partiendo más a causa de la deshidratación. El calor difuminaba en ondas el horizonte, cuando a lo lejos divisó una nube de polvo generada por el galopar de un caballo: era Ordencio, capataz de la tierra. Entrecerrando un ojo para ayudar a su borrachera a ver mejor, alarmado, sin posibilidad de pararse para huir, espero pacientemente a que se acercara.

Ordencio descendió del caballo y con unas botas sucias de espuelas oxidadas pateo los pies del indio.

– Ya te gustó andar de huevón ¿vea’ mi Hortacio?
– No, patroncito, nomás anda aquí uno huyéndole a la calor.
– No te hagas guaje, pinche indio. Ya estabas advertido que la próxima que te encontrará borracho y sin que hacer te iba a acomodar una bala entre tus dos ojos de zopilote. En este pueblo no caben los huevones como tú.

Pensaba en que decir, pero su cabeza estaba a punto de estallar por la ebullición mixta del clima y el aguardiente. Se acarició el costado de las piernas, se seco el sudor con la manga  y vio las botas de Ordencio en el suelo. Volteó hacia arriba y miró el rostro duro y moreno, el bigote poblado y los ojos negros como azabache. Tapándose el sol con el antebrazo, dijo:

– Patroncito, con todo el respeto que aste’ se merece, yo no soy ningún huevón.
– ¡Ah, cabrón! Ora’ resulta – soltó una carcajada sonora que se perdió en el eco de la llanura – a ver, pinche indio, dime más para reírme con hartas ganas, cabrón.
– Soy Cirineo sustituto en semana santa, patrón. Es un trabajo tan honrado como cualquier otro.

Ordencio soltó de nuevo una carcajada ahora más prolongada. Sobre un nopal seco estaba postrado un zopilote negro que voló al escuchar el lejano disparo.

Fotografía: El Llano en llamas (Juan Rulfo), por Balo Pulido

 

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