El Ocaso de los Locos

El loco se sentó a mi lado. Su olor a mierda y meados penetró como bala putrefacta por mi nariz. Estábamos en una banca incómoda del centro a la sombra de un árbol. Volteé de reojo y vi la plasta negra que alguna vez fue su pelo, anidando en rastas enormes algunos pegaropas y pedazos de pasto. Vestía una playera azul del PAN con manchas oscuras por todos lados, unas bermudas beige deshilachadas con manchas cafés y unos Converse negros con hoyos que dejaban ver sus uñas largas y negras.

No me molestó su presencia. Me acostumbré a su olor a los pocos minutos. Sus ojos se fijaron sobre el bote de basura naranja que estaba del otro lado de la calle. Parecía que, con su simple mirada, el loco podía atravesar el infinito. Parsimoniosamente, cruzó una pierna sobre la otra, colocó un brazo sobre su barriga inflamada y levantó el otro doblando la mano. Se preparaba para algo en aquella realidad lejana a la nuestra. Eché el cuerpo hacía atrás y me puse cómodo. Era un día más sin encontrar trabajo y no tenía nada mejor que hacer.

Las pocas personas que caminaban cerca de nuestra banca no se fijaban en nosotros. La cotidianidad nos sacó los ojos con una cuchara para no ver los detalles de la ciudad y de quienes la habitan. Los locos encontraron la escapatoria a estas pinches vidas tan aburridas y grises, pensé.  Por eso los vemos hablando con postes o teniendo debates dialécticos con las flores. Por eso crean nuevos lenguajes de señas para comunicarse con las ardillas y los grafitis en paredes derruidas. Pasos lentos y carentes de rumbo llevan flotando sus cuerpos harapientos y llenos de mierda a través de las calles oscuras de la ciudad. El aura mística de su olor aleja a los transeúntes cuando los ven venir a lo lejos. Pobre loco, lleno de mierda y suciedad, no debería andar en la calle así, que no lo vean los niños, crucemos la calle para no encontrarlo de frente.

El loco mantuvo la misma posición por un buen rato. Creo que ni siquiera parpadeaba. ¿Seguía vivo? De pronto, un extraño ruido gutural provino de su garganta y se mantuvo por varios segundos, hasta que de su boca salió un enorme gargajo amarillento que fue a estrellarse contra el adoquín. El loco lo celebró riendo estruendosamente, sin dejar de mirar al vacío con esos ojos negros sin fondo. Sonreí y envidié que algo tan simple como escupir un gargajo no me provocará tanta felicidad. Se acercaron varias palomas alrededor del gargajo, adorándolo y picoteándolo en un nuevo culto. En un movimiento, el loco dio un pisotón al gargajo y volvió a estallar en carcajadas. Las palomas desplegaron sus alas espantadas y volaron hacia los lados. El pisotón hizo que el gargajo salpicara un poco la parte delantera de mi zapato. No me molestó. Hacía mucho que no me molestaba nada.

Me estoy volviendo loco, pensé. Pronto estaría deambulando por las calles del centro, comiendo de los botes de basura, cagándome en los pantalones y hablando con las palomas. No podría seguir leyendo el periódico en las mañanas con una tasa de café. No podría coger con Angie, la vecina de la pensión. No podría buscar un trabajo con prestaciones superiores a las de ley y 30 días de aguinaldo. No podría comprar un iPhone en Elektra a pagos chiquitos. No podría ver con mirada lasciva las tetas de Jimena Sánchez. No podría llevar flores a la tumba de mi madre porque tal vez, y solo tal vez, en la realidad lejana de los locos no hay periódico ni café por las mañanas, sino solo una manguera a presión despertándote en el portal oscuro donde te quedaste dormido. No hay sexo. No hay recuerdos de mi madre.

Las palomas se alejaron y las manos del loco comenzaron a girar rápidamente en el aire, simulando crear una esfera. Cada vez se movían más rápido al ritmo que murmuraba números y ecuaciones matemáticas avanzadas. Pasajes filosóficos de Heidegger y Sartre. Composiciones moleculares. Coordenadas de cuásares, agujeros negros y galaxias. Nombres de dioses y demonios preadamitas. Países sumergidos en el océano. El último verso del poema. El suspiro de los amantes después de coger por última vez. Cantos de aves extintas. Brisas de un atardecer morado. Sus manos se movían cada vez más rápido. Murmuraba sirenas de policía y pasos de un borracho sobre la banqueta. Aceite friendo una quesadilla. Agua hirviendo para el café en la mañana. El roce de los dedos cambiando la página de un libro de Bolaño. Una parvada en el cielo desintegrado. Muros caídos. Perros de la calle. Zapatos colgando en un cable de luz y estática. Todo comenzó a desaparecer.

El loco volteó hacia mí y cruzamos nuestras miradas. No hay nada más allá del infinito, me dijo, y me perdí en el vacío de sus ojos negros para la eternidad.

Cuento seleccionado para participar en el Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea 2018
Un comentario Añade el tuyo
  1. La forma en la que combinas y relatas muchos de los placeres de mi vida me provocan sensaciones melancólicas y obscenas al mismo tiempo. Y eso me fascina.

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