Hechizo de amor

Caminamos apresuradamente por el pasillo hacia las jardineras. Habíamos esperado ansiosos el sonido del timbre para salir al receso y, ahora que ya estábamos fuera, queríamos ver lo que Diego tenía que mostrarnos. Avanzamos los 3 a pasos acelerados, con suéter verde y pantalón azul marino del uniforme. Diego traía una bolsa negra que apretaba contra su estómago. Roberto jugaba lanzando al aire la manzana que Diego le había pedido que llevara.

Llegamos a las jardineras sin decir casi nada. Ninguno sabía realmente cuál era el plan. Nadie se cuestiona nada cuando es adolescente en la secundaria y tiene 14 años. A esa edad, uno solo piensa en masturbarse y debatir en los pasillos que falda era la más corta.

—  Ya pues, cabrón. Dinos porque tanto misterio — dije.
— Pérense hombre, ahorita van a ver. Se van a cagar — contesto Diego, emocionado.
— Mamadas, ya me voy a tragar la manzana, tengo un chingo de hambre — dijo Roberto.
— No, güey, la manzana es esencial para el plan. Miren putos:

Diego abrió la bolsa que traía abrazada y sacó un libro negro. No alcancé a ver la portada, únicamente una masa de letras blancas sobre un fondo negro. Roberto intentó arrebatárselo, pero Diego apretó de nuevo el libro contra sí.

— Me encontré este pedo en un bazar. Me lo vendió un ruco bien raro, yo digo que estaba drogado. Pero lo más raro es que, cuando ya me iba, me dijo que tuviera cuidado con lo que trae el libro.
— ¿Pues qué trae o qué? — pregunté, sin ganas.
— Trae conjuros güeyes. Pinche magia bien antigua.
— No mames Diego, ya te está dejando idiota tanta chaqueta, güey. — dijo Roberto — Bueno, ¿y la manzana para qué es?
— Hay un hechizo en el libro para enamorar y para hacerlo necesitamos una manzana.
— Ja, ja, ja ¿neta creen en esas mamadas, cabrones? — dije.
— Güey, pues qué tal si funciona. Se lo damos a una vieja bien buena y ya chingamos — dijo Diego.
— No mames, hay que dárselo a Samantha del D. Tiene varo, se enamora, te mantiene y te resuelve la vida — añadió Roberto convencido de que era el mejor plan de vida.

Caminaban pocas personas por donde estábamos parados. A unos metros un conserje doblaba cartones y los apilaba, volteando en ocasiones, desinteresado, hacia donde estábamos. Nadie imaginaria que planeábamos un rito satánico, en el patio de una escuela católica, para enamorar mujeres.

— A ver, presta el libro — dije. Diego me lo extendió. Se leía en la portada: H.P. Lovecraft – Necronomicon y una estrella roja de cinco picos sobre un fondo negro. Estaba desgastado y con las páginas amarillentas por el paso del tiempo.

— Entonces, putos ¿quién lo hace? — dijo Roberto — Yo traje la manzana, ni madres que voy a conjurar cosas del diablo. ¿Y si nos cacha alguien? El Gabriel nos corre de la escuela por satánicos.
— Nadie nos va a cachar, pendejo. Cállate — dijo Diego nervioso.

Diego; moreno y de pelo chino, y Roberto; güero, flaco y con mucho acné, me voltearon a ver con una mirada de complicidad mientras sostenía el libro.

— Ni madres, cabrones — dije.
— ¿No que no crees en estas “mamadas”? — dijo Roberto en tono burlón — A mi se me hace que eres puñal y te da miedo.
— Estás idiota, no me da miedo ¿pero y si sí funciona?
— ¡Pues mejor, no seas pendejo! – dijo Diego — Le das la manzana a una vieja buenísima y se queda loca por ti. Te harías un favor, estás bien culero. 

Empecé a hojear el libro mientras los dos reían por el chiste de Diego. Vi diferentes símbolos y palabras extrañas a través de las páginas. Solo pasaba una cosa por mi cabeza: ¿y si tengo que vivir para siempre con una mujer hechizada con una manzana? Abrí el libro y le pregunté a Diego la página del hechizo.

— La 74 — respondió.
— Necesitamos un gis para dibujar la tabla de conjuro — dije.
Roberto sacó uno de la bolsa de su pantalón.
— ¿Por qué traes gises en las bolsas, pinche rata? — dije mientras tomaba el gis de su mano.

Me senté en el piso de cemento frío y gris con el Necronomicón en una mano y el gis en la otra. Empecé a dibujar la tabla:

Diego y Roberto seguían parados, sin decir nada. Volteaban a todos lados, esperando que alguien llegara y descubriera nuestro pequeño juego satánico y que la tabla que estaba dibujando comenzara a prenderse en fuego frente a sus ojos mientras el diablo nos arrastraba a las fauces del infierno. Pero no. Nadie se acerco, ni hubo llamas ni diablos que nos arrastraran al infierno. Cuando terminé, me levante y los tres, de pie, observamos la tabla terminada desde lo alto.

— Sí te quedo igual, güey — dijo Roberto — Toma la manzana, capaz ya se está hechizando nomás por estar parado al lado de esta chingadera.
— Como eres pendejo, primero tienes que decir las palabras antiguas para que funcione — dijo Diego.
— Cállense los dos. Pásame la manzana — dije y le arrebaté la manzana a Roberto de la mano.
— ¿Entonces a quién le vas a dirigir el hechizo? — preguntó Diego.
— A Samantha del D, cabrón. Está buenísima — dijo Roberto
— Ni madres, va a ser a quién yo quiera, porque ustedes, bola de putos, no quisieron hacer el hechizo — dije.

Sabía, desde que hablamos de un hechizo de amor, a quién quería conjurar: Mariana, la nueva que había llegado del DF. La veía hechizada para siempre, a mi lado, como un robot que solo obedecía a sus sentimientos de amor por mí. Te amo Oscar, para siempre.

— Pero tienes que decirnos quién, güey, si no no sabremos si funcionó el hechizo.
— Mariana, la del DF — dije con seguridad.
— No mames, ¿neta? ni está tan chida — dijo Roberto
— Me vale madres, cabrón. Si no te parece haz tu el pinche hechizo.
— Ya, ya, está bien.
— Ya casi van a tocar, pendejos, hay que apurarle — dijo Diego.

Me puse en cuclillas, con el Necronomicon en una mano abierto en la página 74 y la manzana en la otra. Miré alrededor para verificar que no hubiera nadie y comencé a decir en voz alta:

— ¡MUNUS SIGSIGGA AG BARA YE!
Me tomé mi papel de sacerdote del diablo muy en serio y comencé a hablar cada vez más rápido y fuerte.
— ¡INNIN AGGISH XASHXUR GISHNU URMAAAAA!
Las palabras fluían como si conociera la lengua antigua a la perfección.
— ¡ZIGASHUBBA NA AGSISHAMAZIGAAAAA!
Podía ver de reojo a Diego tapándose las orejas con ambas manos y cerrando los ojos. Roberto volteaba nervioso para todos lados.
¡NAMZA YE INNIN DURRE ESH AKKIIIII!
Gritaba cada vez más y apretaba la manzana en mi puño.
— ¡UGU AGBA ANDAGUUUUUUUB!
Silencio sepulcral. Diego y Roberto estaban cagados de miedo.

— No mames, cabrón, esto no está bien, esto no está bien — decía Roberto
— Güey ¿por qué gritabas? Parecías poseído — dijo Diego, preocupado
— No sé güeyes, fue como si me supiera las palabras de memoria. — les mentí para espantarlos más.
— No digas mamadas ¿y si ya te poseyó un pinche demonio o te empiezas a convulsionar? No, no, neta no.
— Ya vámonos, hay que darle la manzana a Mariana — dije.

Caminamos los tres de vuelta por el pasillo. Faltaban dos minutos para que sonara el timbre y todos fueran de regreso a sus salones. Sabía que Mariana se reunía con sus amigas a un lado de las canchas, por lo que el plan era sencillo: nos acercaríamos caminando por ahí, Diego y Roberto seguirían de largo y yo me acercaría a Mariana para darle la manzana. Simple, sin trabas, un hechizo de amor ejecutado a la perfección. Vi a lo lejos a Tere y Andrea, amigas de Mariana, de espaldas a nosotros, pero ningún rastro de ella. Inspeccioné la cafetería y su aglomeración de gente: nada. Miré hacia los baños: nada.

— Voy ir a buscarla — les dije.
— ¿Y si mejor nos dejamos de pendejadas y tiramos la manzana a la basura? Ya me dio miedo todo esto — dijo Roberto
— No, cabrones, no. Falta muy poco para concretar el hechizo, no podemos rajarnos a esta altura — dijo Diego con cierto brillo en los ojos.
— Ustedes váyanse al salón y yo la busco, si nos ve a todos va a sospechar — dije.

Caminé hacia las canchas de fútbol. Había visto en varias ocasiones a Mariana leyendo, solitaria, en las gradas. Con la manzana en la mano crucé el tunel que llevaba a las canchas y la vi a lo lejos. Ahí estaba, con su pelo lacio y castaño, con su piel de adolescente brillante y perfecta, con sus ojos café oscuro sobre las páginas de un libro. Sujeté la manzana con fuerza y apreté el otro puño. Di algunos pasos hacia las gradas y antes de siquiera subir tiré la manzana en un tambo de basura azul que apestaba y caminé de vuelta. Mariana no volteó. Nunca supo que estuve ahí, dispuesto a hechizarla con una manzana.

Sonó el timbre y regresé al salón justo en el momento que entraba el profesor de matemáticas. Diego y Roberto me preguntaban con la mirada, ansiosos, qué había pasado. Entró Mariana al salón abrazando el libro que había estado leyendo en las gradas: Fenomenología del Espíritu de Hegel. Comenzó la clase, pero no dejaba de pensar en qué habría sucedido si le hubiera dado la manzana, si se hubiera enamorado, si hubiéramos vivido juntos, felices y hechizados para siempre.

Un papel se estrelló en mi cabeza y salí de mis pensamientos. Roberto me lo lanzó y con señas me dijo que lo abriera. El papel decía: “le diste la manzana o q chingados????“. Levanté la mirada y ahí estaban mis dos amigos, volteándome a ver, expectantes de mi respuesta. Decir que no hubiera sido un acto de traición a un código de amistad que nos regía desde tiempos ancestrales. Levanté los hombros e hice un gesto de indiferencia. Por su reacción, Diego y Roberto interpretaron mi gesto como un “sí” claro y rotundo. Los dos, asombrados, gesticulaban la palabra “no mames” en silencio.

— Álvarez, Martínez, Mata ¿se quieren salir del salón?
— No, profe, ya nos callamos — dijo Diego.

El profesor siguió escribiendo ecuaciones en el pizarrón sin detenerse. El único sonido era el del gis estrellándose contra la superficie verde.

—Profesor — sonó una voz dulce a lo lejos rompiendo el sonido espeso del salón. Era Mariana.
— Dudas hasta el final, apenas vamos a explicar el tema — le contestó el profesor sin dejar de escribir.
— ¿Me da permiso de ir a la enfermería? Me siento muy mal, profe — dijo Mariana en un tono serio y agotado.

Mis dos amigos me voltearon a ver, pálidos. Me veían directamente a mí, el hechicero del diablo, con miedo, miedo puro en sus ojos. Mire a Mariana y su rostro era una mezcla de amarillos y verdes. La imagen que había tenido de ella en las gradas hacía solo unos minutos se transformo al verla tan enferma y demacrada. ¿Y si el hechizo funcionó sin siquiera darle la manzana? Chingada madre. Sentí un escalofrío recorrerme lo brazos.

El profesor ignoró a Mariana. Ella se levantó y empezó a caminar hacia la salida del salón sosteniéndose de las primeras bancas de cada fila, apresurada. 

— Señorita, yo no le di ningún permiso de salir — dijo prepotente, el profesor.

Antes de llegar a la puerta, Mariana se detuvo y dio media vuelta. Puso sus manos sobre su boca y mientras sus cachetes se inflaban, el vomito comenzó a salir a presión por las ranuras de sus dedos. Quito las manos y siguió vomitando el piso de cuadros blancos y cafés.

Tiempo después supimos que Mariana se había intoxicado comiendo una sandía echada a perder. Diego y Roberto nunca creyeron esa versión. Siempre creyeron que yo la había hechizado con el Necronomicón y por poco la mataba. Mariana nunca supo que su amor casi me pertenece para siempre.

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