Henosis, palabra griega para la «unidad» o «unión» mística. En el Neoplatonismo, el objetivo de la henosis es «la unión con aquello que es fundamental en realidad: Lo Uno, La Fuente, Lo Único.”

Cago en baños públicos muy seguido. Me he acostumbrado a todo lo que puedes encontrar ahí. Olores, secreciones, ruidos. El humano es un ser bastante desagradable. Me detengo en esta gasolinera en medio de la nada a cagar. No puedo más. Una vez que sientes el retortijón no hay vuelta atrás. Es el aviso del fin más allá de nuestros deseos. No hay nada que lo detenga. Estaciono el coche, un Versa blanco de la empresa donde trabajo. Tomo el periódico que compré en la mañana del asiento del copiloto, «El Sol del Bajío», con fecha del 31 de diciembre y bajo de prisa. Son vísperas del año nuevo.

Entro al baño oscuro. El olor fulminante a pastilla barata mezclado con orines me perfora la nariz. Piso un charco mientras voy al escusado más alejado. Cierro la puerta, me bajo los pantalones y los calzones. Suelto todo con un pedo sonoro y suspiro de alivio. Ahora más tranquilo, abro el periódico en la sección de clasificados. Hace mucho deje de leer noticias para ahorrar la obviedad de que todo se está yendo a la mierda. Autos, no; inmuebles, no. Ojeo la plana. Empleos, no; electrónica, no. Regreso la vista. Varios televisores, radios viejos, i-pods, un matamoscas eléctrico. Subo la vista de nuevo, y hay algo que capta toda mi atención. Leo:

$$$$ VENDO BASTÓN DE UVERSA, POCO USO.
7 24 07 34 / Luis Diaz Infante 105 Int. 10

Releo la dirección. Es el mismo edificio donde vivo. Vuelvo a leer la dirección con los ojos muy abiertos. Son el tipo de coincidencias que rompen la vida gris y aburrida que nos echamos encima todas las mañanas cuando salimos a trabajar. Es el número de apartamento del viejo que murió hace 2 semanas. Llevaba varios días muerto, hasta que una vecina se dio cuenta por el olor a putrefacción. El viejo no salía nunca, lo ví un par de veces cuando entreabría la puerta y se asomaba al pasillo. Era un viejo malhumorado y desaliñado. No tenía familia. Vivió y murió solo. Vuelvo a leer el anuncio. ¿Qué chingados es un bastón de Uversa?, pienso. Veo la fecha de los clasificados, son de hace dos días. ¿Alguien se estará haciendo pasar por el viejo? ¿Lo publicó desde el más allá? No digas mamadas, sonrío mientras pujo un poco más.

Dejo el periódico encima de mi pantalón, jalo papel higiénico del dispensador que rechina. Me limpio. Después, busco mi celular en los bolsillos. Pienso en marcar al número del anuncio. Me siento ansioso. ¿Para qué quieres marcar? El anuncio es una broma, pienso. Alguien entra al baño. Se mete al cubículo contiguo, escucho cómo desabrocha el cinturón y se estrella contra el piso cuando baja sus pantalones. Un pedo sonoro seguido de mierda estrellándose en el agua del escusado resuena en el cuarto. Suspira de alivio. Vuelvo la vista al celular, tomo el periódico con la otra mano y tecleo el número de contacto. El vecino de escusado tose y retumba en el eco del baño frío. Aprieto el botón de llamar. Me acerco el teléfono al oído y lo sostengo con mi cabeza presionándolo contra mi hombro.

Espero. El baño me parece más oscuro. Los ruidos del vecino de escusado desaparecen. Suena el primer tono de espera. Lo escucho lejano, se estira en el tiempo y se pierde en un túnel oscuro haciendo eco. Silencio. Veo la puerta frente a mi llena de palabras que alguien rallo, se mueven, se reorganizan, no están quietas. Suena el segundo tono de espera. Se aleja y explota en mil colores. Suena el tercer tono de espera. Los colores se funden con los sonidos. Suelto el celular porque ya no siento más las manos.

Una luz blanca encima de mí llena de pronto el baño. Volteo hacía arriba, me deja ciego y trato de taparme con los brazos. El periódico cae a un lado. Trato de alcanzar rápido mis pantalones y subirlos. Me elevo poco a poco. Dejo de sentir el piso. Alcanzo a subirme los calzones y veo mis pantalones caer. Estoy unos 4 metros arriba. Alcanzo a ver al vecino de escusado limpiándose, como si nada estuviera pasando. Se limpia, voltea a ver el papel, se vuelve a limpiar. Repite varias veces el ciclo hasta que sube sus pantalones, se abrocha el cinturón y sale del retrete. Me quedo suspendido por varios segundos más en el aire. No escucho nada más que el sonido ensordecedor del infinito. Lo blanco cubre toda mi existencia.

Poco a poco abro los ojos. Veo el rostro del viejo del apartamento 10 sobre mí, sonriendo. Bienvenido de vuelta a Urantia, me dice, tu viaje ha terminado.

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