La Fábrica

Cada vez que cierro los ojos comienzan a trabajar. Son incansables y tienen jornadas laborales que harían que cualquier obrero terminara en cama con un prescripción médica e infusiones para los nervios. Escucho sus pasos de Caterpillar miniatura al lado de mi oreja, montar sus andamios apoyados en el edredón de líneas rojas a la altura de mi cadera y mover la maquinaria debajo del túnel que forman mis pies entre las sábanas. La minuciosidad con la que realizan su trabajo es digna para anotar los pasos en un cuaderno a rayas y después enseñarlo como metodología en alguna universidad de renombre.

Nunca trabajan con luz. Su orden y eficacia es proporcional a la densidad de la oscuridad con la que se rodean. Mis movimientos debajo del edredón parecen aturdirlos y cada que muevo la pierna o alguna mano para rascarme, detienen su operación. En ocasiones me siento culpable de interrumpirlos, olvidando por completo que ellos interrumpen mi privacidad. El tic tac del reloj a media noche marca su rutina, mientras que el ruido lejano de sirenas y camiones de basura opacan sus movimientos meticulosamente planeados. Su existencia está determinada por el trabajo, lo que no dista de la nuestra. Me gustaría saber cómo les pagan, si van al cine el domingo por la tarde a ver una película en familia o si se sientan en el sofá a pasar las hojas de un álbum de fotos en sus ratos libres. No lo sé y tal vez nunca lo sepa, pues cada que abro los ojos se detienen. Incluso puedo escuchar las quejas del encargado de turno a lo lejos, pidiéndoles de mala gana que se detengan, qué otra vez el humano volvió a abrir los ojos y no podrán seguir fabricando sus sueños hasta que vuelva a cerrarlos.

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