La Primera Gota

Despertó aquella mañana cuando la luz del alba apenas se asomaba entre la neblina y el primer canto de los gallos. Sintió el piso de tierra fría en la planta de sus pies como si fuera el primer contacto del hombre con el suelo que ha pisado desde su creación.

Se levantó lentamente, aún adormilado, buscando a tientas la camisa de manta que había dejado sobre el respaldo de la silla, haciendo un esfuerzo sobrehumano a esta hora de la mañana por extender los brazos e introducir la prenda en su cuerpo. No sabía bien como es que todo había comenzado. Su padre, y su padre antes de él, habían sido condecorados por el cargo que ejercían, pero él no sabía, y mucho menos cuestionaba, cómo es que sus ancestros terminaron desempeñando la noble profesión de clavadores de cuchillo en aquel olvidado pueblo en medio de la Sierra.

La profesión de un clavador de cuchillo consistía principalmente en evitar las lluvias que pudieran afectar al pueblo. El puesto era designado generacionalmente por el jefe de familia, quién le heredaba toda clase de cuchillos; artefactos de trabajo que funcionaban para cualquier situación: lluvias débiles, moderadas, fuertes, torrenciales, garuas, chubascos y monzones. El clavador, armado con su arsenal de objetos punzocortantes, debía estar preparado ante cualquier indicio de lluvia, pues de él dependía alterar el mecanismo natural de la caída de agua en el pueblo.

Las razones para clavar un cuchillo podían variar; el santo de Doña Basilia, o la comida de confirmación de la niña Hilaria. Cada uno de los organizadores de estos eventos confiaba plenamente en los clavadores de cuchillos, pues de ellos dependía su realización y su éxito. Nadie podía imaginar el bautizo del hijo de Crisanto bajo un diluvio después de todo el sortilegio que fue matar la res para las carnitas y conseguir tantos guajolotes para comerlos con mole y arroz.

Esa mañana, mientras continuaba vistiéndose, comenzó a hacer memoria de los eventos importantes para esa semana: la visita del cura a bendecir la casa de Malvina, la pedida de mano por parte de Longino para casarse con la Eudocia y la colecta de maíz en la parcela de don Eustacio. Siempre repasaba todos los eventos para no dejar pasar por alto ninguno, pues su padre y su padre antes de él, nunca permitieron que una lluvia llegara cuando no era solicitada.

Extendió un estuche de cuero sobre la mesa de madera, desabrochó la pequeña cinta que lo mantenía enrollado y dejó a la vista los diferentes cuchillos, herramientas de trabajo y extensión de su cuerpo para realizar su importantísima labor. Tomó uno entre sus manos colocándolo a la altura de la vista para verificar el filo, dándole vueltas lentamente frente a sus ojos, pensando inocentemente en el enorme poder que conservan esos arcaicos artefactos, tal poder para alterar el ciclo del agua.

Una vez preparado salió de su pequeña choza de adobe y techo de palma hacia la avenida principal del pueblo. Saludó a Doña Milagro que estaba sentada frente a un anafre abanicando la brasa y enseguida levanto la mano en seña de cortesía al voltear a ver a Don Agatón. Era un hombre bastante reconocido en el pueblo, pues, al convertirse en clavador de cuchillos, uno adquiría cierta importancia mística que lo elevaba a un nivel por encima de lo común.

Se dirijía a la casa de Eustacio, uno de los hombres más ricos del pueblo, ya que, por encargo, se le había solicitado prevenir cualquier tipo de lluvia, pues ese mismo día se llevaría acabo la colecta de maíz en sus parcelas, y era muy importante prevenir el lodo y el agua y estar sucios durante tan magno evento.

Al llegar, Eustacio lo esperaba sonriente en la puerta, con su barriga bonachona y su bigote poblado, le hizo una reverencia para que pasara a la casa. Una vez dentro, observo la pequeña sala que lo recibía, había algunas estatuillas de barro muy hermosas pintadas a mano y algunos zarapes que colgaban de la pared. Saludó a Macrina, la esposa de Eustacio, y esta le tomó ambas manos mirándolo hacia arriba con esos ojos que le imploran a algún dios olvidado el perdón de aún no sabemos que culpa.

Eustacio lo condujo hacia la parcela que se levantaba verde por encima de sus ojos, esa parcela que a lo largo de toda la temporada estuvo preparándose para este gran día como el niño espera su cumpleaños y sus juguetes de madera recién tallados. Miró el maíz reluciente en cada planta, el trabajo y el sudor labrado en cada tallo, es una parcela digna de clavar un cuchillo e impedir que llueva.

Desató el mecate enlazado a su cintura mientras se ponía en cuclillas, encontrando el estuche de cuero entre sus manos dispuesto a abrirlo. Sus dedos acariciaron el cintillo que lo mantenía cerrado y al jalar el nudo hacia ambos lados sintió como su torrente sanguíneo se volvía de hielo, o de miedo o de angustia, o de miles de emociones juntas que le hacian sentir como si toda su energía hubiera sido robada por alguna fuerza invisible.

Soltó el estuche al suelo y se levanto con la cara pálida, solo algo podía estar mal, y Eustacio, al ver el rostro del clavador de cuchillos, supo inmediatamente qué era.

Corrió a través de la sala tirando un jarrón de cerámica sin siquiera inmutarse y vió aquella luz signo de que estaba cerca de la salida. Todo le pareció tan irreal, tan lento, tan estirado, como si quien estuviera encargado de controlar el tiempo hubiera reducido la marcha de la realidad. Nunca, en la historia de tres generaciones de clavadores de cuchillos, alguien había olvidado el cuchillo indicado.

Salió a la calle desorientado por la luz de la mañana, miro hacia ambos lados buscando el camino de regreso hacia su casa mientras pensaba en la catástrofe que estaba por avecinarse. Las piernas le temblaban, sentía un vacío gigante en el estómago, como si sus intestinos se hubieran encogido repentinamente dejando mucho espacio para la incertidumbre.

Una humarola de polvo marcaba el rastro de su paso, mientras la gente desconcertada veía correr por la avenida principal al clavador de cuchillos. Saltó un grupo de gallinas que cacareaban a mitad de la calle para girar rápidamente en la siguiente esquina. El sudor empezaba a resvalar por su frente mientras mantenía los ojos muy abiertos por la adrenalina.

A lo lejos, vió su pequeña choza de adobe con techo de palma, síntoma de alivio inmediato para los nervios en una situación normal, pero justo en la parte superior del techo pudo distinguir con mezcla de terror y agitación la nube más grande del color más grisáceo que sus ojos habían podido contemplar.

Era muy tarde, tal vez, pero no para deshonrar a dos generaciones de clavadores de cuchillos que nunca le habían fallado al pueblo. Corrió hacia la entrada de su casa donde, de pie en el marco, pudo ver a lo lejos el cuchillo que había causado todo este brete. Lo tomó empujando la mesa por el impulso y salió corriendo de nuevo hacia casa de Eustacio con la gran nube a sus espaldas.

Nunca antes había corrido tan rápido, sintió que los huaraches de suela de caucho podrían zafársele en cualquier momento, pues el camino era irregular y pedregoso. Sentía el polvo entrar por la boca que generaba esa sensación de sequedad inmediata, tratando de remediarla pasando la lengua por el borde de los labios. Sentía las pequeñas piedrecillas entrar por unos momentos y dar vueltas para después volver a salir por algún orificio de sus huaraches.

Su respiración se corto al momento en que disminuía el paso y levantaba lentamente su mirada hacia el cielo, y fue en ese instante donde todas las demás sensaciones se detuvieron al tacto de la primer gota de lluvia que resbaló sobre su frente.

Por: Oscar Mata

Soy diseñador en la ciudad de Querétaro que a veces escribe. Creo que en el doble mecanismo de la realidad y trato de reflejar en mis textos todo aquello que a veces nos es difícil explicar como ejercicio de instrospección creativa.

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