¡Qué viva Cristo Rey!

Ya no aguanto la chingada pierna. Llevo atorado en este hoyo más de dos días apenas tragando tortillas sin poder hacerles pelea a esos cabrones. Más que la pierna me duele el orgullo de no poder tirarles una bala en medio de la cabeza. De repente Hilario se da sus vueltas y me trae noticias, pero solo de pensar lo que han hecho se me pone la piel como cuero de gallina.

Pero hay un Dios que todo lo ve. Cuando empezaron a vaciar la iglesia no nos lo tomamos tan en serio. Veíamos como destrozaban al pobre San Francisco. Dejaban un ojo acá por este lado y una mano allá por el otro. Olía a quemado de todos los confesionarios a los que les prendieron lumbre en la plaza del pueblo. Pero cuando mataron al padrecito Gumercindo, ahí si se prendió el cerro.

Tan bueno que era el padrecito. Siempre daba su misa de 8 y rete harto que nos quería a los que íbamos y pagábamos el diezmo. Qué huevotes de dejarlo colgado del mezquite afuera de la iglesia. Por eso agarramos los machetes y, quién tenía, pues sus pistolas. No podíamos quedarnos de patas cruzadas pa’ ver como trataban de quitarnos lo único bueno que nos queda: nuestra virgensita santa de Guadalupe y los santitos a los que tanto les pedimos. Dicen que son órdenes de allá del gobierno, pero pa’ mi que son puros cuentos.

Escuché que se metieron a la Hacienda de los Valdecasas, que quemaron las caballerizas y violaron a varias muchachas. Ya nos encontraremos en la otra vida a ver que pistolas truenan más, cabrones. No sé cuanto aguardiente he tomado, pero el dolor nomás no se va. Tampoco rezar me está ayudando, pero todos los que jalamos pa’ca confiamos en Dios Nuestro Señor pa’ apañar a estos pelados. Como nos dijo el padrecito Gumercindo, ya tenemos la gloria asegurada luchando de’ste lado.

Nomás me queda esperar aquí tumbado sin poder pararme a que abran esa puerta y poder gritales en la merita geta “Qué viva Cristo Rey, hijos de toda su pinche madre”.

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